Diseño como estrategia empresarial: oportunidades y frenos

A partir de una experiencia concreta, en este artículo analizo cómo el diseño deja de ser un asunto estético para convertirse en una decisión estratégica que impacta en la calidad de lo que se produce, en el posicionamiento de la empresa y en el valor que proyecta a través de sus productos y servicios.

Una anécdota sobre diseño, calidad y orgullo

—“Mira Pedrrro… yo también siento mucho orgullo por esto…”, me decía sonriente en pleno 1991, en el Laboratório Brasileiro de Design Industrial (LBDI), mi colega y amigo Jacques Berset, diseñador suizo.

Habíamos estado conversando sobre las marcas, los signos que identifican a un producto, incluso a un país. Le había comentado la fuerza con que Suiza utilizaba la cruz de su bandera como un símbolo de todo aquello que producía con calidad. Sin embargo, él me respondió que la marca era un complemento importante, pero de lo que él sentía orgullo precisamente era de la calidad de los productos suizos.

Me decía esto mientras blandía en su mano un pequeño chocolate artesanal de su tierra. Yo, para “no quedarme dado”, le señalé el tabaco cubano que tenía en la otra mano, y que recién le había regalado.

Su riposta fue demoledora; se quitó el reloj Swatch de su mano achocolatada y me enseñó la precisión de la unión entre la manilla y las diferentes hendiduras de la caja del reloj. Me dijo:

—“Esta correa encaja perfectamente, pero no solo en este, sino en todos los relojes Swatch; eso es calidad de diseño y de producción, Pedrrro.”

El diseño rentabiliza el producto y la producción cumple y garantiza esas exigencias. Para nosotros eso también es motivo de orgullo, la calidad es un símbolo de Suiza, de lo que hacemos…”.

Ahí mismo le di una mordida al chocolate que me había regalado Jacques, sonreí y comencé a hablarle sobre el calor que hacía esa mañana…

Cuentas de diseño pendientes

Años después, sigo volviendo a esa anécdota porque me recuerda una deuda que muchas organizaciones aún tienen con la calidad de su entorno material. Y empezar a saldar esa deuda pasa, necesariamente, por empezar a valorar el diseño como estrategia empresarial.

El mundo objetual (los productos que usamos en casa, en el trabajo o en espacios públicos) es parte fundamental de la experiencia cotidiana. Y cuando ese mundo resulta incómodo, frágil o poco pensado, algo falla en la manera en que se concibe y se gestiona el diseño.

Tal vez tú mismo te hayas preguntado alguna vez por qué parece “normal” convivir con objetos que funcionan mal, que se deterioran rápido o que transmiten dejadez. Esa normalización es uno de los principales obstáculos para mejorar la calidad.

Diseño, entorno material y visión de desarrollo

Apostar por un modelo de desarrollo más sólido implica cuidar los detalles. No entender que el diseño aporta valor simbólico, funcional y estratégico al entorno material es un error frecuente.

Imagina intentar convencer a alguien de la calidad de un sistema productivo mientras le ofreces un servicio o un producto que falla en los primeros usos. El mensaje se contradice solo.

Cuando se descuida la aspiración humana de mejorar cualitativamente aquello que satisface necesidades básicas, se abre la puerta a modelos que prometen calidad solo desde la apariencia o desde la marca. Y eso distorsiona la percepción colectiva de lo que significa hacer bien las cosas.

El diseño, bien entendido, no compite con la eficiencia ni con el ahorro. Al contrario: los refuerza cuando se gestiona con criterio y aquí te pongo otros ejemplos.

Diseño vs. funcionalidad: tensiones que definen la calidad

A lo largo del tiempo he identificado una serie de tensiones que aparecen con frecuencia cuando el diseño no se gestiona de manera estratégica. Tal vez reconozcas algunas de ellas:

  1. Una cultura del detalle vs. chapucería productiva

(El “déjalo así, que está más o menos bien…”).

  1. Estado del arte de las tecnologías, servicios y productos vs. desactualización

(La subvaloración de la necesidad del estudio y la actualización constantes).

  1. Ahorro necesario vs. fetiche de los costos

(Visión del diseño como un costo, no como inversión).

  1. Calidad vs. funcionalidad per se

(La desatención de los distintos factores de diseño que conforman un producto, más allá de su funcionalidad).

  1. Necesidades reales vs. mercadeo barato

(La certeza de que, ante la escasez, lo que sea se vende, aunque sea una pésima mercancía).

  1. Pensamiento prospectivo y proactivo vs. obsolescencia del pensamiento

(La pereza para visualizar posibles escenarios, proponer un enfoque estratégico e implementarlo).

  1. Todas las fuerzas productivas posibles vs. fuerzas productivas estancadas

Lla necesaria movilización de todos los modos de gestión que aporten cualitativamente al desarrollo).

  1. Profesionalismo vs. intrusismo

(La urgencia de defender los valores éticos de la profesión frente a pseudodiseñadores y decisiones basadas solo en lo “bonito”).

Estas tensiones no son abstractas. Se manifiestan en productos mal resueltos, en servicios poco pensados y en decisiones que priorizan lo inmediato por encima de lo sostenible.

Comunicación para transformar el desarrollo productivo

A esto se suma un elemento clave: la comunicación. No basta con producir bien; es necesario saber comunicar lo que se hace, visibilizar capacidades y generar alianzas que fortalezcan el desarrollo.

Elegir entre producir con excelencia o importar soluciones baratas es una decisión estratégica. Apostar por crear en lugar de copiar, por desarrollar capacidades en lugar de depender, también lo es.

El diseño juega un papel central en estas decisiones porque conecta producción, comunicación y percepción social.

Diseño, futuro y responsabilidad

Conquistar el futuro implica conjugar valores humanos con conocimientos profesionales. Y digo “conquistar” porque el diseño cuestiona, incomoda y exige, pero también convence con hechos: con productos, servicios y experiencias que hacen la vida un poco mejor.

Vuelvo entonces a recordar aquella conversación con Jacques en la que el diseño tomaba forma no solo de valor, sino de patrimonio cultural.

Cuando una empresa (o incluso un país) no produce únicamente para vender, sino para sentir orgullo de cómo transforma su entorno material y mejora la calidad de vida de las personas, esa forma de hacer retorna convertida en valor. Esa empresa (o país) destacan.

Apostar por el diseño no es una cuestión estética ni una moda pasajera. Es una decisión estratégica que define qué tipo de huella queremos dejar y qué relato construimos a través de lo que producimos.

Y ahora la pregunta queda abierta, inevitablemente:

¿Tu empresa o tu proyecto gestiona el diseño como una herramienta para construir orgullo, coherencia y valor duradero?

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